Por Yolanda Velázquez
Twitter @yolvel
Hablar en comunicación de proceso eficiente, es en realidad poco realista. Si bien es cierto que cuando dicha aseveración se refiere a procesos colectivos como en Publicidad, Propaganda y Relaciones Públicas, sí es factible medir los resultados en términos del objetivo buscado (vender un producto, cambiar actitudes, motivar, crear un clima de confianza, etcétera), el que un emisor alcance su objetivo no significa, necesariamente que el proceso haya sido eficiente[1], sino que se alcanzó el objetivo y, en muchas ocasiones esto se logra por factores externos como la influencia de otras personas, del contexto o de otros diversos factores. Por ejemplo, las Redes Sociales pueden ser un factor que haga más eficiente la comunicación publicitaria o comercial.
De ninguna manera decimos que esto esté mal o que las disciplinas antes mencionadas sean ineficientes, sino que al hablar de un proceso y su eficiencia se habla de un tema poco realista, ya que la comunicación se da en series de procesos y no a partir de uno aislado.
A pesar de esto, es necesario aclarar que estas estrategias no funcionan como las recetas de cocina, sino, si acaso es válida una analogía, como recetas médicas en las que se establece lo que cada paciente necesita de acuerdo con su padecimiento; es decir, las personas deben optar por utilizar o no cada estrategia dependiendo de la relación que tengan, de la otra persona, del contexto, del tema y de otras variables más. En cada caso, se expondrán las circunstancias en que es recomendable emplearlas, pero de ninguna manera esto es garantía de éxito en las relaciones humanas.
Una de estas “recetas” es la fórmula “cuando tú… me siento… porque…” Muchas veces nos enfrentamos a situaciones interpersonales en las que lo que hace o dice la otra persona nos incomoda, lastime, desconcierta o, dicho brevemente, nos provoca una emoción negativa. Entonces, si no lo manejamos adecuadamente, lo registramos como un hecho negativo y lo acumulamos con otros hechos, igualmente negativos que esa misma persona nos haya generado.
Así somos los seres humanos, construimos las relaciones a partir de hechos psicológicos vinculados a emociones. Pero el problema es cuando estos hechos se emocionan más que pensarlos y surgen sentimientos negativos hacia la otra persona.
Es entonces cuando la fórmula puede emplearse para expresarnos con claridad y evitar que la acumulación de sentimientos negativos afecte la relación. Por ejemplo, si un amigo usa alguna frase que nos hace sentir mal, podemos decirle: “cuando me dices ¡claro tontita¡, usando ese tono de voz, me siento herida, por que es un tono despectivo”.
Es importante decir objetivamente la emoción o sentimiento que surge y no lo que pensamos al respecto. Si es necesario anteponer un que entonces es pensamiento. Por ejemplo, “siento que me desprecias” es en realidad “pienso que me desprecias”, la emoción es tristeza, enojo, dolor. Sólo si la otra persona conoce el sentimiento o emoción podrá comprender lo que pasa; si transmitimos pensamientos, puede rebatirlos y únicamente lograremos entablar una discusión, no solucionar nuestra situación, que puede llegar a convertirse en un conflicto interpersonal.
